En un mundo donde la inteligencia artificial avanza a una velocidad difícil de seguir, cada vez resulta más necesario preguntarnos qué queremos qué vínculo queremos tener con estas nuevas tecnologías. ¿Estamos condenados a convertirnos en usuarios de herramientas que no comprendemos, diseñadas por empresas cuyos intereses no necesariamente coinciden con los nuestros, o podemos aprender a intervenir en su desarrollo, adaptarlas a nuestras necesidades y construir alternativas propias?

TOPY nace, en parte, de esa inquietud. Es un proyecto de robótica experimental que combina electrónica, programación, inteligencia artificial y una mirada sobre el futuro tecnológico desde América Latina. Pero, lo cierto es que también es una excusa para plantear una pregunta más amplia: ¿cómo podemos apropiarnos de las nuevas tecnologías para vivir mejor, sin que eso implique depender cada vez más de ellas?

De Arduino a TOPY: experimentar con la electrónica

A la izquierda un Arduino UNO, a la derecha un ESP32

El proyecto utiliza un ESP32, un microcontrolador económico que incorpora conectividad Wi-Fi y Bluetooth, además de múltiples pines para conectar sensores, actuadores y otros componentes electrónicos. Estas características permiten desarrollar desde sistemas de automatización doméstica hasta instrumentos musicales, dispositivos interactivos y robots.

La historia detrás de TOPY por supuesto que está vinculada con el arte electrónico. En 2015, durante los primeros años de la carrera de Artes Electrónicas en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), el trabajo con placas Arduino formaba parte de distintas materias, entre ellas Programación de Interfaces, Mecatrónica y Electrónica. Por ejemplo, en una de esas experiencias, en particular, cursando con Laurence Bender, surgió una obra de Data Art (a modo, en realidad, de trabajo práctico) que utilizaba un Arduino UNO para representar datos relacionados con el hashtag Pray for Paris (surgido tras los atentados de París de noviembre de 2015). La actividad asociada a ese hashtag se transformó en una representación física: una Torre Eiffel que giraba. Luego de esas primeras experiencias llegaron otros proyectos, como por ejemplo Jacinta.

La experiencia permite comprender algo fundamental sobre estas tecnologías: aunque puedan parecer herramientas especializadas, sus aplicaciones exceden ampliamente el ámbito para el que alguien las conoce por primera vez. Una placa que se utiliza en una obra artística también puede formar parte de un sistema de riego automatizado, un dispositivo de asistencia o un robot capaz de interactuar con su entorno.

Con el tiempo, plataformas como Arduino UNO, Raspberry Pi Pico y ESP32 contribuyeron a acercar la electrónica y la programación a personas que no necesariamente tienen una formación técnica previa. A través de entornos de desarrollo como el IDE de Arduino, es posible escribir programas, cargarlos en una placa y experimentar con dispositivos físicos. El principio es relativamente sencillo: el hardware ofrece las conexiones y los recursos necesarios, mientras que el software define qué comportamiento tendrá el dispositivo. A partir de esa combinación, las posibilidades dependen tanto de los componentes disponibles como de la imaginación y los conocimientos de quien desarrolla el proyecto.

Código abierto: construir sobre lo que otras personas ya hicieron

TOPY no se desarrolló desde cero. Su software aprovecha proyectos publicados por otras personas, repositorios de GitHub y recursos compartidos por comunidades de desarrolladores. Sobre esas bases se incorporaron modificaciones y nuevas funcionalidades, combinando herramientas existentes con desarrollos propios.

Esta forma de trabajar responde a una filosofía conocida como open source o código abierto. En lugar de entender el conocimiento técnico como algo que debe permanecer encerrado, esta perspectiva promueve la posibilidad de estudiar, reutilizar, adaptar y compartir software, de acuerdo con las licencias correspondientes. La misma lógica atraviesa buena parte del ecosistema de hardware abierto: esquemáticos, documentación, ejemplos de código y experiencias de desarrollo que otras personas pueden consultar y aprovechar para avanzar con sus propios proyectos.

Quizás a veces lo olvidamos, pero internet no es solamente un espacio de consumo de contenidos o de circulación de mercancías; también puede funcionar como una infraestructura de cooperación, donde una solución desarrollada por alguien en cualquier lugar del mundo se convierte en el punto de partida para un nuevo proyecto en otro contexto. En ese sentido, compartir conocimiento no significa que todo el trabajo sea idéntico ni que desarrollar sobre una base existente elimine el mérito de quien la modifica. Por el contrario, permite concentrar esfuerzos en resolver problemas nuevos, en lugar de reconstruir una y otra vez lo que ya existe. TOPY se inscribe en esa tradición: aprovechar lo aprendido por otras personas, reconocer el valor de las herramientas compartidas y contribuir, a su vez, a una comunidad que permita que más gente experimente con la robótica.

Una cabeza que escucha, responde y asiste

En octubre de 2026, TOPY se encuentra en una etapa de prototipo. Su desarrollo cuenta con una cabeza funcional basada en la placa ESP32-S3-Touch-LCD-1.54 (comercializada por la empresa Waveshare), que integra una pantalla táctil, recursos de conectividad y procesamiento.

A partir de la combinación de hardware y software, el dispositivo permite interactuar por voz y reúne distintas funciones pensadas para resolver necesidades cotidianas. Entre ellas se encuentran un metrónomo, un afinador, un temporizador, un cronómetro y alarmas. También cuenta con integración con servicios de domótica para controlar luces inteligentes mediante comandos de voz, y estoy trabajando en algunos videojuegos que aprovechan el IMU de 6 ejes modelo QMI8658 (combina en un solo chip un giroscopio de 3 ejes -mide la velocidad angular o rotación- y un acelerómetro de 3 ejes -mide la aceleración y la inclinación respecto a la gravedad-)

Para comprender cómo funciona un dispositivo de este tipo, es importante distinguir la placa de desarrollo de los módulos que amplían sus capacidades. Un componente como el MAX98357 permite amplificar audio digital para reproducirlo mediante un parlante, mientras que un micrófono digital como el INMP441 puede captar sonido y transmitir la señal a la placa mediante una interfaz de audio digital.

Al combinar estos elementos con el software apropiado, es posible construir sistemas que escuchen, procesen información y respondan mediante audio. A su vez, las integraciones con otros servicios permiten incorporar funciones sin tener que desarrollar cada sistema desde cero.

Las API, o interfaces de programación de aplicaciones, cumplen un papel importante en este proceso. Permiten que distintos programas intercambien datos y utilicen funcionalidades existentes. Un ejemplo conocido es Pokémon GO, que aprovechó información cartográfica de Google Maps para construir su experiencia de juego. En el ámbito de la domótica, las integraciones con plataformas como Tuya y Home Assistant permiten vincular dispositivos y automatizaciones.

Estas soluciones facilitan el desarrollo, especialmente cuando los recursos y el tiempo son limitados. Sin embargo, también introducen una cuestión importante: cuando un dispositivo depende de servicios externos, su funcionamiento puede quedar condicionado por las decisiones, los cambios de políticas o la continuidad de esos servicios.

La comodidad tiene un costo potencial en términos de autonomía. Por eso, desarrollar un robot no consiste solamente en lograr que funcione, sino también en comprender de qué depende y qué alternativas existen para reducir esas dependencias.

Cyberpunk o solarpunk: ¿qué futuro queremos construir?

Las nuevas tecnologías suelen presentarse como fuerzas inevitables. Frente a ellas, es frecuente oscilar entre el entusiasmo absoluto y el rechazo. Sin embargo, existe otra posibilidad: participar de su desarrollo, discutir sus consecuencias y tratar de orientar sus usos hacia objetivos colectivos.

En la literatura, el cine y otras expresiones artísticas, el cyberpunk suele representar futuros atravesados por la concentración del poder tecnológico, el aislamiento y la profundización de las desigualdades. La tecnología está presente en todas partes, pero eso no significa que la vida sea necesariamente mejor para quienes habitan esos mundos.

El solarpunk, en cambio, imagina escenarios donde la innovación tecnológica convive con la sostenibilidad ambiental, las energías renovables, la cooperación y formas de organización social más justas.

Para TOPY, esta segunda perspectiva me gusta pensar como una resistencia solar latinoamericana. No se trata solamente de adoptar una estética de paneles solares, vegetación y dispositivos futuristas, sino de preguntarnos qué condiciones materiales necesitamos para construir una vida más autónoma y sostenible desde nuestra propia región.

La soberanía energética y alimentaria son parte de esa discusión. La posibilidad de generar energía mediante paneles solares, cultivar alimentos, reparar dispositivos y desarrollar herramientas adaptadas a las necesidades locales puede contribuir a reducir determinadas formas de dependencia. No implica necesariamente alcanzar una independencia absoluta, sino ampliar nuestra capacidad de decisión. La revolución solar latinoamericana, considero, no es un capricho estético: es una necesidad.

En ese escenario, la robótica puede desempeñar un papel muy importante. Pensemos, por ejemplo, en el cuidado de personas mayores. Un robot capaz de detectar una caída, emitir una alerta o asistir en determinadas tareas podría mejorar la seguridad y la autonomía de alguien que necesita ayuda. Esto no significa que la tecnología deba sustituir los vínculos humanos ni que una máquina pueda resolver por sí sola las necesidades del cuidado, significa reconocer que puede ofrecer herramientas valiosas frente a problemas concretos, especialmente cuando los recursos económicos o la disponibilidad de asistencia son limitados. La pregunta, entonces, no debería ser únicamente qué puede hacer un robot, sino a quién ayuda, qué necesidad resuelve y bajo qué condiciones se desarrolla.

Tecnología accesible y soberanía latinoamericana

Una de las características más interesantes de plataformas como el ESP32 es su costo relativamente accesible en comparación con otros sistemas de desarrollo. El precio varía según el modelo, sus prestaciones y los componentes incluidos, pero estas placas permiten experimentar con electrónica y programación sin necesitar una inversión extraordinaria.

Esa accesibilidad abre oportunidades educativas y creativas. Una persona puede comenzar con una placa sencilla y, a partir de ella, aprender a programar sensores, controlar motores, construir instrumentos electrónicos o desarrollar prototipos de automatización. La barrera de entrada no desaparece: todavía hacen falta tiempo, conocimientos, herramientas y acceso a los componentes. Sin embargo, resulta posible avanzar por etapas y compartir el aprendizaje con otras personas.

Al mismo tiempo, la soberanía tecnológica exige mirar más allá del precio de una placa. Importa quién fabrica los componentes, dónde se procesa la información, qué servicios son indispensables para que un dispositivo funcione y qué sucede si dejan de estar disponibles.

En el caso de la inteligencia artificial, estas preguntas adquieren una relevancia particular. Depender exclusivamente de sistemas controlados por empresas extranjeras puede limitar nuestras posibilidades de decidir cómo se utilizan los datos, qué funciones están disponibles y cuáles son los costos de acceso.

Por eso, resulta importante explorar inteligencias artificiales locales, herramientas que puedan ejecutarse en nuestros propios dispositivos y sistemas más sostenibles desde el punto de vista ambiental. No todas las funciones pueden resolverse actualmente de manera local ni todas las alternativas son equivalentes, pero avanzar en esa dirección permite ampliar las opciones disponibles.

Para América Latina y, particularmente, para Argentina, el desafío consiste en no quedar reducidos al papel de consumidores de tecnologías diseñadas en otros lugares. Comprenderlas, adaptarlas y desarrollar alternativas propias es una manera de intervenir en las disputas económicas, políticas y culturales que atraviesan la innovación tecnológica.

La autonomía también supone estar atentos a las regulaciones y a los intereses que pueden entrar en conflicto con nuevas formas de producción y organización. Si una comunidad logra generar parte de su energía, producir alimentos o desarrollar herramientas propias, modifica algunas de sus relaciones de dependencia. Defender esas posibilidades requiere participación pública, discusión política y capacidad técnica.

¿Quién dijo que todos nuestros dispositivos tienen que parecer iguales?

En los años noventa, por ejemplo, era posible encontrar teléfonos con forma de Garfield. Hoy parece haberse extendido una estética minimalista, dominada por los tonos grises y los diseños industriales uniformes.

Base de teléfono de línea con forma de Garfield

No hay nada intrínsecamente malo en esa estandarización. Desde el punto de vista de la productividad, puede ofrecer ventajas. Sin embargo, vale la pena preguntarnos qué lugar ocupan la creatividad, la expresión y la imaginación en los objetos que utilizamos todos los días.

La Bauhaus, con sus distintas corrientes y etapas, exploró las relaciones entre arte, diseño, industria y vida cotidiana. Esa búsqueda permite plantear una pregunta que sigue vigente: ¿por qué no pensar tecnologías que, además de cumplir una función, nos permitan establecer una relación más creativa, cercana y humana con ellas?

TOPY también representa esa posibilidad: no se trata solamente de construir un robot que responda órdenes, sino de imaginar cómo podrían ser los dispositivos que nos acompañan. Su apariencia, su forma de interactuar y las funciones que incorpora pueden responder a decisiones propias, en lugar de limitarse a reproducir un modelo industrial preestablecido. La tecnología no tiene por qué ser un territorio reservado exclusivamente a especialistas o grandes empresas. La experimentación con hardware accesible, software abierto y diseño puede convertirse en una manera de intervenir en nuestra cultura material y de imaginar otros vínculos con los objetos que forman parte de la vida cotidiana.

Un asistente, no un reemplazo

El desarrollo de TOPY también parte de una necesidad concreta: facilitar algunas de las tareas que aparecen en el trabajo cotidiano. En las clases de música, por ejemplo, dos herramientas de uso frecuente son el metrónomo y el afinador. Si un robot puede integrar esas funciones y responder a comandos de voz, puede convertirse en un asistente útil durante una clase. A eso pueden sumarse consultas sobre teoría musical, temporizadores y otras herramientas que acompañen la práctica. La intención no es reemplazar la tarea docente, sino incorporar recursos que ayuden a resolver determinadas necesidades.

La historia de Internet ofrece una comparación interesante. Desde hace años existen tutoriales, libros digitales, archivos PDF y materiales educativos de acceso libre. Su disponibilidad no hizo desaparecer la enseñanza presencial ni eliminó la necesidad de aprender con otras personas. En muchos casos, esos recursos conviven con las clases y permiten ampliar las posibilidades de aprendizaje.

La inteligencia artificial y la robótica también pueden pensarse desde esa perspectiva. Una herramienta no necesariamente reemplaza la actividad humana que acompaña. Puede asistir, facilitar una tarea o abrir nuevas posibilidades, sin que eso implique renunciar al conocimiento, la creatividad o los vínculos que hacen valiosa esa actividad, pero hay una distinción fundamental: ser más productivos no debería significar, necesariamente, producir más para trabajar más. La productividad también puede pensarse desde la posibilidad de reducir el desgaste de determinadas tareas, recuperar tiempo y dedicar energía a actividades que realmente nos importan.

Incorporar tecnología únicamente para sumar obligaciones, acelerar los ritmos de trabajo y aumentar las exigencias sería perder de vista una parte esencial de su potencial. La pregunta no es solamente cuánto podemos hacer con una nueva herramienta, sino cómo puede ayudarnos a vivir mejor.

El futuro de TOPY: compartir para construir alternativas

TOPY todavía tiene mucho por desarrollar. En esta etapa, el proyecto cuenta fundamentalmente con una cabeza funcional, y uno de los objetivos es avanzar hacia un cuerpo que amplíe sus capacidades y permita incorporar nuevas funciones.

El proceso también contempla compartir tutoriales y documentación a través de YouTube, con la intención de que otras personas puedan replicar el proyecto, experimentar con sus propias versiones y aportar a una comunidad de desarrolladores de robótica.

Esa comunidad podría ser un espacio para intercambiar conocimientos, resolver problemas y construir herramientas desde una perspectiva latinoamericana, atenta a las necesidades y las condiciones materiales de nuestra región.

No hace falta tener un laboratorio sofisticado ni desarrollar cada componente desde cero para empezar a participar. Es posible aprender con recursos accesibles, aprovechar el trabajo de otras personas y contribuir gradualmente con nuevas ideas, modificaciones y experiencias.

TOPY es, por ahora, un prototipo; pero también es una forma de poner en práctica una convicción: que la tecnología puede ser objeto de experimentación, aprendizaje y construcción colectiva, y que no tenemos por qué aceptar pasivamente los futuros que otros diseñan para nosotros.

Frente a un escenario donde la inteligencia artificial y la automatización concentran cada vez más atención y poder, tal vez la pregunta más importante no sea si debemos aceptar o rechazar estas tecnologías; tal vez sea cómo aprender a utilizarlas, cómo discutir sus límites y cómo construir alternativas que respondan a nuestras propias necesidades.

Una resistencia solar latinoamericana no se construye solamente con paneles solares, robots o inteligencias artificiales; sobre todo, se construye compartiendo conocimientos, fortaleciendo comunidades y desarrollando la capacidad de decidir qué herramientas necesitamos y para qué queremos utilizarlas.

TOPY es un pequeño experimento que pretende ir en esa dirección. Una cabeza que escucha, responde y, poco a poco, empieza a tomar forma, pero, sobre todo, una invitación a imaginar y construir tecnologías que no estén al servicio exclusivo de la productividad o la acumulación económica, sino también de la autonomía, la creatividad, el cuidado y la vida en común.