Hay quienes creen que el solarpunk es una fantasía estética: ciudades cubiertas de vegetación, paneles solares, arquitectura sustentable y tecnologías limpias. Sin embargo, esa imagen superficial oculta lo verdaderamente importante. El solarpunk no trata de vivir un poco más cómodos ni de reemplazar una escoba por un robot aspiradora. Su objetivo es mucho más profundo: resolver problemas esenciales de la humanidad, como el hambre, la desigualdad y la dependencia económica.
El punto de partida es sencillo. La tecnología va a seguir avanzando, nos guste o no. La historia demuestra que ningún avance científico significativo se detuvo porque una parte de la sociedad se opusiera. Mientras discutimos si determinadas tecnologías son convenientes o peligrosas, las élites económicas y políticas ya las están utilizando. Nunca pidieron permiso para desarrollar nuevas herramientas y probablemente nunca lo hagan.
Históricamente, quienes concentran el poder siempre tuvieron acceso a tecnologías que el resto de la población conocería muchos años después. Cuando una innovación finalmente llega al uso cotidiano, quienes dominan esos recursos ya están utilizando la siguiente generación tecnológica. Siempre existe una distancia que reproduce las desigualdades existentes.
Frente a ese escenario aparecen, al menos, dos futuros posibles.
El primero es el que la literatura suele representar bajo la estética cyberpunk: un mundo donde el desarrollo tecnológico amplía la brecha entre ricos y pobres, concentra aún más el poder y convierte el acceso a la tecnología en el principal factor de desigualdad social. Es un futuro donde desaparece la clase media, donde una minoría controla los recursos y donde la mayoría apenas sobrevive.

En muchos aspectos, ese camino ya empezó. Cada vez existen menos personas que viven de rentas y más personas que dependen exclusivamente de vender su fuerza de trabajo para subsistir, mientras una minoría puede vivir sin necesidad de trabajar. A esto se suma otro fenómeno: gran parte de la ultraderecha ha logrado instalar la idea de que el problema son los sectores populares, los inmigrantes, las diversidades sexuales o los pueblos originarios, desviando la atención de las verdaderas relaciones de poder que producen la desigualdad.
El segundo camino posible es el del solarpunk.
En lugar de utilizar la tecnología para profundizar las diferencias sociales, propone ponerla al servicio de la soberanía energética, la soberanía alimentaria y la democratización del conocimiento. La tecnología deja de ser una herramienta de dominación para convertirse en una herramienta de emancipación.
El objetivo no es eliminar el trabajo porque sí, sino eliminar la obligación de trabajar únicamente para sobrevivir. Si una sociedad puede garantizar alimento, energía y condiciones materiales básicas para todas las personas, entonces el trabajo deja de ser una imposición y pasa a ser una elección.
Quien quiera dedicarse a hacer música podrá hacerlo. Quien prefiera investigar, enseñar, producir alimentos, desarrollar software o atender pacientes podrá hacerlo porque encuentra sentido en esa actividad, y no porque de lo contrario no podría comer.
El verdadero problema nunca fue que algunas personas quieran desarrollarse profesionalmente. El problema es que todavía existen millones de personas que ni siquiera tienen garantizada su supervivencia.
Por eso, si realmente hablamos de justicia social, resulta difícil no pensar en un horizonte solarpunk.
Habrá algunas personas en latinoamérica que rechacen el concepto porque les incomoda el término en inglés. Si ese es el problema, podríamos hablar de un «horizonte solar emancipador», de un «futuro solar comunitario» o, simplemente, de una utopía solar latinoamericana. El nombre es secundario. Lo importante es la idea: construir una sociedad donde el desarrollo tecnológico, la justicia social y el equilibrio ecológico dejen de presentarse como objetivos incompatibles y pasen a formar parte de un mismo proyecto político.
De hecho, resulta paradójico discutir el nombre en inglés cuando el propio movimiento tiene algunas de sus raíces más importantes en América Latina. Aunque el término comenzó a circular hacia fines de la década del 2000, la primera antología que adoptó explícitamente la etiqueta solarpunk fue publicada en Brasil en 2012, Solarpunk: Histórias Ecológicas e Fantásticas em um Mundo Sustentável, convirtiendo a la región en uno de los principales espacios de gestación y difusión de esta corriente cultural. Diversos autores han señalado desde entonces que el solarpunk nació como una respuesta optimista y comunitaria frente a las distopías tecnológicas dominantes, alejándose tanto del pesimismo cyberpunk como de la nostalgia tecnológica del steampunk.

No es casual que esta sensibilidad haya encontrado un terreno fértil en América Latina. Nuestra historia está atravesada por procesos de colonización, dependencia económica y luchas permanentes por la emancipación. Desde las guerras de independencia hasta los movimientos obreros, campesinos, indígenas, feministas y populares, el continente ha construido buena parte de su identidad política alrededor de una pregunta constante: cómo conquistar una libertad que no sea solamente formal, sino también material. En ese sentido, la utopía solar latinoamericana puede entenderse como un nuevo capítulo de esa misma tradición histórica: la búsqueda de una independencia que ya no se limita al territorio o al Estado, sino que alcanza también a la energía, los alimentos, el conocimiento y la tecnología.
Por eso, más que afirmar históricamente que América Latina es la cuna del solarpunk —algo que sí puede sostenerse en términos de sus primeras obras literarias organizadas, especialmente a partir de Brasil—, puede decirse que América Latina es uno de los lugares donde el solarpunk encuentra su expresión política más coherente. Una región que conoce la desigualdad estructural, el extractivismo y la dependencia tecnológica difícilmente pueda imaginar un futuro sostenible sin pensar, al mismo tiempo, en la justicia social. Acá, la transición ecológica no puede separarse de la emancipación de los pueblos.
Quizás por eso el verdadero desafío no sea encontrar una traducción perfecta para la palabra solarpunk, sino reconocer que el proyecto que propone tiene profundas resonancias latinoamericanas. Porque, si durante los siglos XIX y XX la emancipación consistió en conquistar la soberanía política y económica, el gran desafío del siglo XXI será conquistar la soberanía tecnológica. Ese puede ser, después de todo, el último eslabón de un proceso histórico que comenzó cuando dejamos de ser colonias y que todavía hoy continúa inconcluso.

No existen tecnologías intrínsecamente buenas o malas. Existen personas que hacen un buen o un mal uso de ellas. O, si queremos evitar categorías morales tan subjetivas, podemos decir que existen usos de la tecnología que contribuyen al bienestar de la humanidad y otros que profundizan el sufrimiento, la dominación o la destrucción. El problema nunca es la tecnología en sí, sino el proyecto político, económico y ético que orienta su desarrollo y su aplicación. La misma herramienta puede utilizarse para alimentar una comunidad o para destruirla. Un arma puede servir para cazar un animal que permita sobrevivir a una población o para asesinar a otra persona. Lo que determina su valor ético no es el objeto en sí, sino el uso social que se hace de él.
Lo mismo ocurre con la inteligencia artificial, la automatización, la biotecnología o cualquier otro desarrollo científico. Negar el avance tecnológico no va a hacer que desaparezca. Todo aquello que se pueda desarrollar, va a terminar desarrollándose. La verdadera discusión consiste en decidir quién controla ese conocimiento.
Si los movimientos populares renuncian al desarrollo científico y tecnológico, quienes conservarán ese poder serán justamente las élites económicas. Ellas no van a dejar de investigar porque exista oposición política, social o cultural. Van a continuar desarrollando herramientas para aumentar su capacidad de control mientras el resto de la sociedad pierde posibilidades de comprender, intervenir o disputar ese proceso. Pensar que las élites tienen que convencernos de que una tecnología es buena para poder desarrollarla supone atribuirnos un poder de decisión que, en los hechos, no tenemos. Nunca pidieron permiso y no van a empezar a hacerlo ahora. Si una tecnología puede desarrollarse, la van a desarrollar de todas formas. La verdadera discusión no es si el desarrollo tecnológico va a ocurrir o no —porque va a ocurrir de todas formas—, sino quién va a tener el control sobre ese desarrollo: si será un patrimonio exclusivo de quienes ya concentran el poder o una herramienta al servicio de los pueblos. Precisamente por eso, la discusión no debería centrarse en intentar impedir el desarrollo tecnológico, sino en democratizar el acceso al conocimiento y disputar quién lo produce, quién lo controla y con qué fines se utiliza.
Por eso resulta fundamental impulsar tecnologías abiertas, software libre, conocimiento compartido y proyectos colaborativos. No para competir con las élites desde la misma lógica de acumulación, sino para democratizar el acceso al conocimiento y evitar que el desarrollo científico quede concentrado en unas pocas corporaciones.
La discusión tampoco debería reducirse a la clásica oposición entre capitalismo y comunismo. La pregunta central es otra: ¿cómo garantizamos que todas las personas tengan acceso a la energía y a los alimentos?
Mientras una sociedad dependa completamente de estructuras que pueden cambiar de orientación política cada pocos años, seguirá siendo vulnerable. Si un gobierno amplía derechos pero el siguiente los elimina, el problema de fondo continúa intacto. Tal vez haya llegado el momento de pensar modelos nuevos.
Ni el cyberpunk ni el solarpunk describen sistemas que hayan existido realmente. Son horizontes posibles para pensar el futuro. Y justamente hoy, con el crecimiento de la inteligencia artificial, los algoritmos y la automatización, esa discusión deja de pertenecer a la ciencia ficción para convertirse en una cuestión política urgente. Podemos intentar ignorar estos procesos, pero sería como querer tapar el sol con la mano.

La alternativa consiste en comprender cómo funcionan estas tecnologías y construir estrategias colectivas para apropiarnos de ellas antes de que sean únicamente instrumentos de dominación. Incluso aceptando que ninguna civilización es eterna y que la humanidad algún día desaparecerá, esa realidad no vuelve inútil el esfuerzo por construir un mundo mejor. Todo lo contrario.
La pregunta no es si algún día alcanzaremos una sociedad perfecta. La pregunta es qué decidimos hacer durante el tiempo que nos toca vivir.
¿Elegimos utilizar el conocimiento para concentrar el poder o para compartirlo? ¿Construimos herramientas para dominar a otros o para garantizar que nadie pase hambre? ¿Pensamos la tecnología como un privilegio de unos pocos o como un bien común?
En definitiva, el futuro no depende solamente del desarrollo tecnológico. Depende, sobre todo, de las decisiones políticas y éticas que tomemos respecto de ese desarrollo. Si la tecnología inevitablemente va a transformar el mundo, entonces la verdadera discusión ya no es si debemos aceptarla o rechazarla.
La discusión es quién la controla y al servicio de qué proyecto de sociedad estará.
