Un dolor dulce. Tal vez sea la definición menos infeliz de las despedidas. La cuestión está en que ese dolor dulce se siente después del hecho fatal. Si esta columna perteneciese a otra época, a otra década, sería estilísticamente correcto incurrir en descripciones de imágenes y sonidos. Pero en ésta la época nuestra la sobreexposición a ellas sobra y es la materia misma del momento histórico, por lo que sería a absurdo entrar en detalles visuales de lo que fué (y es) el último partido de la Selección Argentina de Fútbol en el Mundial 2026 y, hasta donde no sabemos, el ultimo de Messi en esta competición.
«Héroe», «Guerrero», «Líder», «Capitán», son títulos y eufemismos que se multiplican en las voces de relatores y periodistas que hacen un esfuerzo por querer representar el sentimiento colectivo cuando jamás un medio de comunicación hegemónico, como los que trabajan para este tipo de competiciones, podrá expresar tal sentimiento. Los medios de comunicación son ideales, ya que moldean y piensan al individuo para que éste no tenga que hacer el esfuerzo por desarrollar su propia idea. Pero el sentimiento, la emoción de un pueblo, no puede ser expresada mas que por otros medios, muy distintos.
En los mundiales la gente también busca desesperadamente expresar su sentido de pertenencia, así como los relatores, y brota un patriotismo inédito, incluso mas que en cualquier fecha patria. En las calles se ven multiplicadas las banderas, remeras, gorros y toda clase de distintivo celeste y blanco que sirva (individualmente primero) para contarle, parádojicamente, al resto de los argentinos cuán argentinos somos o nos sentimos en época de mundial. Personas confesamente ajenas al fútbol asumen un compromiso con el desarrollo del torneo que da a pensar en una concepción de orbita elíptica de la pasión, como si se esperase un mundial como quien espera ver un eclipse. Aunque sabemos que dentro de cuatro años va a repetirse, no sea cosa que justo en el que no veamos pase algo extraordinario y la Luna explote o Brasil se coma siete con Alemania jugando en su cancha.
Aflora el penoso riesgo de probabilidad metáfisica y después, ¡ya estamos perdidos!, las cábalas. Las cábalas y ese término tan tentador y perverso para justificar el sufrimiento: mística. Ese intento del espectador que no se tolera pasivo y necesita asegurarse un lugar de protagonismo cuando el resultado favorece y, cuando es adverso, no tarde en pensar que seguro la presión cabulera del otro bando pudo más. El dios de ellos tambien juega o, Dios tiene favoritos.
Si Messi, a sus treinta y nueve a la fecha, distribuye cargas para optimizar el esfuerzo, la gente, por el contrario, lleva la concentración del sentimiento a un estado de forzoso patriotismo e identificación, se pone un disfraz de lucha por la causa y hace de una disputa deportiva una cuestion nacional.
Ya tenemos adentro la cuestión personal, la politica y la religiosa.
La personal de involucrarse, desde el lugar que sea, en un fenómeno que desborda, porque un mundial modifica materialmente el entorno y el individuo no puede estar ajeno a las condiciones externas de lo que lo rodea. De ahí al inevitable estadío político porque, una vez inmerso en un desarrollo colectivo, lo que le pase al otro también le puede pasar a uno, y ahí estamos hasta las manos.
Y así como cada uno tiene vinculaciones distintas desde lo particular y otros étceteras que siempre quedan bien mencionar para la clase media progresista cristiana crusillista y bien comida que tiende a la conciliación de las otredades y a escuchar la opinión del projimo para llegar una conclusión igual de sana y bien comida , aparece la gran figura inexpugnable (queremos y quiero creer) que barre con todo ese discurso, ya burgués. Esa figura de lo menos heterogéneo y menos conciliador que existe, esa donde no se pone la otra mejilla ni se escucha la otra campana tocada por el otro demonio, el otro demonio inventado que nos transformaría peligrosamente en uno, esa otra campana que quiere escuchar el necio porque, como dijo Oscar Wilde (otro trágico irlandes saboteador de «Her Britannic Majesty» al que le hubiese encantado narrar en verso como esa mano sucia le tiró abajo la bombacha a Shilton), el que ve las dos caras de una cuestión no entiende nada de ella. Esa figura que suspende, desplaza y aniquila el motivo individual y se hace carne: La Causa Nacional. La que a medida que la Seleccion pasaba de ronda encontró su detonador en el partido de la seminifinal contra Inglaterra. Un partido que, a rigores poéticos fué de un perfeccionado sufrimiento al darlo vuelta en cinco minutos, con un rival dando vergüenza del miedo que le tuvo a semejante patriada. Y fué 2 a 1, cómo aquel de México 86 en el que tambien los ingleses le tomaron la leche al gato y que a las generaciones de mas acá nos quedó en los libros de historia, esa que escriben los que ganan y que nos tocó escribir a nosotros porque la ganamos con Diego desparramando y «dejando en el camino a tanto inglés» con picardías y quiebres llenos de tango y arrabal. Ese eco de picardía que tuvo Messi al encarar a Spence, el lateral izquierdo que se quedó sentido después de ir a una dividida en la jugada previa, antes de tirar el centro para el segundo gol.
Y si no hay que mezclar lo político con el deporte, seguro sea cierto, porque acá la emoción del partido tenía su raiz en la magnitud que cobró lo político desde la personificación popular. Argentina – Inglaterra fué puramente político porque se escuchó el grito de un sentimiento que demostró, una vez mas, que puede ser tan latente como manifiesto: Las Malvinas son Argentinas. Esa leyenda en un trapo de cancha que recorrió el mundo expresando un reclamo y una imposición justa y concreta. Las Malvinas son Argentinas. Incluso a pesar de, no ya solo el silencio, sino la complicidad expresa del gobierno de Javier Milei y el resto de los impresentables que circundan con este tipo de posturas entreguistas.
Y si bien es cierto que cada generación siempre añora las épicas de sus antepasados, incluso desde un lugar egoísta que tiene su razon también en el hecho de no poder interpretar su propio tiempo, ya que es imposible entender la magnitud de un momento histórico cuando está en desarrollo, si esta generación sentía que éste era el partido de fútbol que la historia les debía es porque existe una misma causa desde todas nuestras épocas, la Causa Nacioanl, la de que Las Malvinas son Argentinas. Esa Causa no pertenece a otra época, a otra historia, pertenece a ésta y a todas.
Es por eso por lo que el pueblo pugna, porque sabe donde tiene el dolor y sabe, o lo vuelve a comprobar, que cuidar el estado de ánimo es importante. Y vuelve a descubrir que hay unos moscardones jodiendo atrás de lo oreja haciendo lo posible para destrozarlo.
Y de ese estado de enojo y desahogo por la causa llega lo religioso, lo místico. Porque no hay mayor placer que el sentirse parte de un hecho trascendental y de experimentar el, aunquesea fugaz, momento en que se hace justicia cuando ya no hay esperanzas terrenales. Hay que adjudicarle a un Orden Universal Superior el milagroso resurgir haciendo dos goles sobre el final. Porque no se trata de creer, eso es vanidad, sino de querer creer y conducirse como si pudiese haber algo que nos asegure una justicia que no vemos en esta vida, y esa otra vida con justicia posible tal vez sea un partido en el que por un rato le ganamos la guerra. Porque el desesperado deseo de fe encuentra su consuelo de una u otra manera. Si los mundiales no existiesen, si fútbol no hubiera, el hambre de esperanza se inventaría uno para tener la chance de aplacar su rabia ganándole al tirano dueño del circo haciéndole un gol con la mano.
Así es como en realidad cuando un jugador patea un penal, sentimos la decision como propia; así le exigiamos a Messi el éxito que da el triunfo y con ello la redención, la redención de época, y para eso hay que suspender el cinismo y al hacerlo depositamos toda la verdad y la concentramos en el marco artificial que aparentemente es un campeonato de fútbol que nada va a cambiar, porque el neoliberalismo sigue destrozando el país antes, durante y después del mundial. Pero una obra de teatro vista con una poderosa fe poética siempre deja algo, una incomodidad que nos hace rever y revisar algunos resortes que teníamos adormecidos.
Si el mundial de 1978 fué, justamente, un teatro antidisturbios, donde mientras una parte festejaba, la otra sufría cada gol de la selección porque a poco metros del Monumental se secuestraba, torturaba y desaparecían personas y se apropiaban de bebés, el mundial 86 significó una necesidad de purificación del calvario, una venganza muda y paralizada que se personificó en la voz y las piernas de Maradona. Y de lo personal a lo político.
De esta manera se marca un síntoma de época. Un síntoma con desenlace que los que lo protagonizaron cuentan a los que no lo vivieron, y en éstos últimos se despierta otra vez ese mismo deseo de venganza. Y así los que tuvieron a Gardel y Troilo producen en la generacion siguiente un hambre voraz de ídolos y catalizadores. Y la generacion siguiente crea y es creada por Maradona, por Charly García o el Indio. Y los que dicen haber visto a Los Redondos en vivo crean, a su vez, este hambre en los que siguen. Y ésta generación tuvo entre sus filas a Lionel Messi, ni «heroe», ni «guerrero», mas bien síntoma y desenlace de época.
Messi responde exactemente a una actualidad alejándose de ella. Una actualidad que exige la sobreexposicion constante y enfermiza, la toma de postura y declaración incesante, él se mantiene silencioso, discreto, sin opinar, sin expresiones, sobrio, prolijo y funcional. Alguno recurrirá a la necedad trillada de decir que habla en la cancha. Tampoco. Diego jugaba enojado y adquiría una fiereza imparable que generaba una sensación de querer meterse adentro de la cancha con él y ayudarlo a combatir. Diego despertaba el arrojo a la vanguardia, a la batalla. El heroe homérico por excelencia. Lionel, si se enoja, se frustra, porque tiene una genialidad que lo aisla y desborda, una cantidad de posibilidades físicas, mentales y creativas que lo rebalsa y eso lo pone enfrente de la realidad: que así y todo, no alcanza, porque la vida es injusta. Messi merece ganar todos los munidales y acertar todas las jugadas, pero siempre existe la fatalidad y eso angustia a cualquiera, pero mucho mas todavía, a alguien que sabe que estuvo muy cerca de ser de otra manera. Y eso es un genio, un creador absoluto que tuvo la desgracia de ser el mejor jugando a la pelota, porque el genio tiene la responsabilidad de crear y ser creado por los demas.
Tal vez la verdadera representación de Messi sea la impotencia que tenemos todos, que con todas las posibilidades que nos dan las redes, el acceso a la información, la optimizacion y eficiencia obligada, así y todo nos damos cuenta que no alcanza, que la tecnología y el papel picado no dan a basto para solucionar todo esto. Por eso los calificativos para él son terrenales: «Capitan», «guerrero», etcétera, nadie se atrevería a llamarlo Dios, porque hicimos de Messi una Máquina de romper marcas, una estadística viva. Porque así como en otros momentos necesitábamos de un amparo divino y recurríamos a Santa Evita, La Mano de Dios y al místico Patricio Rey, a Messi lo volvimos un engranaje porque nos transformamos en eso nosotros mismos. Pero sobre el final ese engranaje nos demostró que nunca dejó de sentir la injusticia, esa injustica de finales perdidas y de recompensas vedadas. Y se dirá que es frívolo rebajar la revelación de la existencia a una final de Copa América perdida. No lo es. No lo es en el sentido en que al ver la impotencia de Messi vimos la propia, cuando nos prometieron que el futuro estaba resuelto y que teníamos todos los dispositivos para comernos al mundo pero hay un orden perverso que nos excede. ¡Si el mejor jugador tuvo que disputar seis mundiales para ganar uno!.
Fracaso tras fracaso, la mayoria inmerecidos y él nunca dejó de sufrirlos. Creo que Messi nunca padeció tanto como adentro de una cancha. Y sufrir es lo mas preciado que tiene una persona porque lo define como ser humano. Y nos acordamos que sufrimos lo mismo, porque nos acordamos, en cierta medida, que somos humanos junto con él y eso es lo que endulza esta despedida, porque en un lugar nos vimos tranquilizados por terminar de la manera mas humanamente posible y esta final genera un tristeza rebelde y orgullosa.
Mientras escribo esto un 19 de julio de 2026, pareciera que es el último mundial de Messi (nunca se sabe, no me la juego), pero es cierto que una generación entera ve morir un mundo que vivió y que no va a volver jamás. Esta final no ganada es la certeza de que una epoca devoró definitivamente a la anterior. El último mundial de Messi es como la trompada de realidad que sufre una generacion que ingresa a una adultez emocional asquerosa, una generación que se acostumbró a verlo y verse como un eterno niño genio que gambeteaba a rivales un metro mas altos que él y de golpe se ve reflejada en esa terrible imagen, como un lienzo, de Messi en el suelo sacándose los botines y las vendas, cerrando el final. ¿Cómo no sentirse asi? Es todo un palo y lo vemos.
Lo que entusiasma, esperanza o da fe, cada uno le dará su interpretacion personal, politica o religiosa, es que si esta época termina ya tuvo (y le dimos) su expiación. Pero también se demuestra que hay causas que no caen con las épocas y las trascienden porque no estan escritas en la historia, sino en la Memoria, esa Causa Nacional encarnada. Los tiempos que vienen ya tienen a los mundiales adueñados por lo mas nefasto del poder real y en cualquier momento Estados Unidos clava unas cuantas estrellas. Pero que por lo menos nos sirvan para aprovecharlos y seguir pintando banderas que digan Las Malvinas son Argentinas, Memoria, Verdad y Justicia, Son Treinta Mil y Nunca Más.
